domingo, 2 de marzo de 2008

Los clásicos y el ahorro

A lo largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. Jorge Luis Borges

Cuando no confundimos clásico con conocido y emprendemos la búsqueda de aquellos títulos majestuosos o autores imprescindibles, cualquier librería de viejo se transforma en una interminable casita de chocolate.
Los clásicos son la base de la fortuna de nuestra futura biblioteca.
Al ahorro lo provocan tanto en el bolsillo como en la cabeza. Primero porque siempre los encontramos en los anaqueles de ofertas, resistiendo al brillo engañoso de lo nuevo, con el esplendor opaco de las primeras ediciones.
Segundo, hay un ahorro de neuronas. Porque por cada clásico leído, uno deja de prescindir de infinidad de títulos mediocres, insulsos, plagiarios, pretensiosos, que sin esa vacuna previa podrían habernos engañado al punto de hacernos hablar maravillas de una obra que luego comprobamos insignificante.
¿Quién habrá inventado eso de poner la palabra aburrido al lado de clásico? Justamente, el universo vasto de las genialidades literarias es lo que nos permite enterarnos de que la navegación es infinita. Es imposible aburrirse buscando y también es imposible hacerlo mientras disfrutamos del tesoro hallado.
Los aburridos deben ser los que se cansan. Y los que se cansan, quizás debieran motivarse con otras cosas. Que las hay y muy valiosas.
Un clásico tampoco es un templo sagrado. Adentro de un clásico se puede gritar o incluso retirarse antes de que termine la ceremonia. De otro modo es imposible poder seguir descubriendo aquellos libros por los que hemos nacido con un gen lector.
No daremos nombres de fiascos o una lista blanca de los clásicos que más atraen. Sería la miseria más ridícula. Pero si podemos mencionar dos obras y dos autores que pueden ser una especie de guía para nuestra visita a la casa de chocolate. Con lo que el ahorro ya sería triple, porque ellos hablan desde su propio clasisismo de las obras que más les impactaron:
Uno de esos textos es "Los libros en mi vida", de Henry Miller (que deberá ser requerido a un amigo lector de los más dotados, porque hay dudas sobre su reedición). El otro es "La biblioteca personal de Jorge Luis Borges", donde con brevísimos prólogos, el más útil de los clásicos de estas pampas nos tiende una alfombra invalorable en el camino al placer de lo añejado atemporal.

(Publicado en EL SUBSUELO el 2/3/08)

martes, 26 de febrero de 2008

Cosas de viejos

La pareja de ancianos bajaba cansinamente a la playa. "La hora en que los viejos buscan caracoles", dijo el muchacho a la muchacha mientras subían el médano luego de fatigar la madrugada. Y se quedaron pensando largamente con malsana ironía sobre los achaques y sus teatrales decadencias.
Los viejos se agacharon cerca de la escollera vieja y comenzaron a remover las algas entre las piedras.
Allí depositan los cangrejos tiernos huevos que si se desayunan antes de que el sol complete su redondez fueguina sobre el mar, se transforman en el más efectivo elixir de la eterna juventud.

Vértice oceánico - celestial
Lento, de lentitud poética.
Arrasado por un maremoto dentro de un caracol.
Herrumbre
¿Por qué nos quedamos fijos mirando el esqueleto de un barco inclinado con los hierros retorcidos por los tarascones del mar, mientras ignoramos en el horizonte a las naves que llenan sus buches con peces que saltan?
¿Qué tiene la herrumbre?
Al costado de la noche
El agua llega y llega
hasta este muelle
y el aire salado cuenta historias,
que de noche se enfrían
se enfrían hasta el mar.
La mente se va y se va
hasta que ya no vuelve
y este momento es tan distante
como el horizonte buscando la mañana,
buscando y perdiendo la mañana.
Mi mente y el mar
llegan hasta este muelle
llegan y se van, sin saber
que hay más historias
al costado de la noche
(Publicado en EL SUBSUELO el 24/2/08)

lunes, 18 de febrero de 2008

A los rayones

Subrayar libros es la marca del lector ideal, sostiene Alberto Manguel en su larga lista de condiciones para transformarse en ese cómplice perfecto que todo autor busca para su obra.
En esta actividad, que hoy tiene franca decadencia, vapuleada sobre todo por el más cómodo e incandescente copiar-pegar, hay todo un trabajo de reescritura. Y de revalorización de los fragmentos. Un libro personal, confeccionado por todos los párrafos que alguna vez señalamos con flúo, con doble rayado en el renglón o con desprolijos corchetes en los márgenes, sería una tarea reconfortante. Empresa similar han encarado autores importantes como Bioy Casares con su conocido “De jardines ajenos”.
Pero a la hora de salvar del naufragio de polvo a los libros, ¿cuáles son los parámetros para medir la importancia de los párrafos que merecen botes salvavidas? Seguramente nos podríamos avergonzar de muchas marcas hechas en el pasado, discutir con algunas otras que ahora se empapan del rocío del presente y, lo mejor, encontrar otras que recién ahora tienen sentido. Frases o párrafos que alguna vez subrayamos sin saber bien por qué y que al redescubrirlas hoy nos hablan más claramente. Como si hubiésemos sido autoprofetas de nuestra necesidad intelectual del futuro.
Un valor importante para tener en cuenta a la hora de este rescate, es lo afectivo. El de las lecturas hechas con el corazón bombeando más ruidosamente que el muchas veces desconsiderado cerebro.
Así, Daniel Penac en “Los derechos imprescindibles del lector” nos seduce afirmando que “es prudente reconciliarnos con nuestra propia adolescencia; odiar, despreciar, negar o simplemente olvidar al adolescente que fuimos es en sí misma una actitud adolescente, una concepción de la adolescencia como una enfermedad mortal. De allí la necesidad de que recordemos nuestras primeras emociones como lectores y de que le levantemos un pequeño altar a nuestras viejas lecturas, incluyendo las más ´tontas´. Desempeñan ellas un papel inestimable: emocionarnos por lo que fuimos al tiempo que nos hacen reír de lo que nos emocionaba”.
Qué diferente es, sin embargo, subrayar para estudiar. Se trata de cápsulas para digerir y, en su momento, descartar del organismo. Por más pasional que sea el estudio, estamos buscando la forma de sintetizar lo incómodo.
Pero a la hora de registrar con líneas torcidas por el apuro del goce, estamos armando un mapa endeble y al mismo tiempo maravillosamente misterioso. Con los trazos de lo que seremos en el futuro, aunque a veces tengamos que volver a mirar bien para reconocernos en esa olvidada tarea de cartógrafos.

(Publicado en EL SUBSUELO el 17/2/08)

Cuarenta

La vida pasa/y el corazón está listo./Fatigado/Y la noche de nuevo llega/(...) Y raramente recordamos/que fuimos incendio. (Interpretación libre de Alexandr Block)


El sistema nervioso central como comando radioeléctrico.
Ya no buscamos señales en los árboles en el codo de la edad.
Somos la mitad de lo que pudo ser.
Llagas adentro, auspiciamos la ruta de los buscadores de opio.
Descorchamos el placer de reserva.
A algunos deseos le crecen pequeños retoños de muletas.
Y buscamos superficies aterciopeladas para posar el gusto y el olfato.
Eso que antes se deslizaba piel con piel, ahora debe raspar.
Sólo nos apetece lo que tiene gusto a haber vivido.
Hemos saltado a un costado del incendio.
El invierno viene cada vez con más secretos.
Compramos noches premoldeadas.
Vemos los impulsos en DVDs de archivos.
Y después de los túneles
de las arterias semiabandonadas
de la exaltación ensayada
tragamos saliva como si fuese licor
y sonreímos con todos los cascabeles del disimulo.

(Publicado en EL SUBSUELO el 10/2/08)

lunes, 4 de febrero de 2008

ABC del Derrumbado

Apelar: Levantarse cada mañana.

Ciclotímico: Abnegado caballero que no utiliza la carcasa cultural.

Excentricidad: Cualidad humana para la que es imprescindible ser millonario o al menos tener dinero para coimear a la enfermera del manicomio.

Excepción: Mercadería que puede ser adquirida sin problemas de convertibilidad internacional.

Generación: Grupo de personas que coinciden en el tiempo y disienten en todo lo demás.

Lanzallamas: Locuaz. Orador convincente.

Léxico: Acuerdo para mentir en la misma dirección.

Materialismo: La manera más barata de poseer a un idiota.

Moda: Frivolidad que luego el tiempo convierte en arte.

Párpado: Membrana sensible al mundo unas 20 veces por minuto.

Peine: Mascota que ya no nos sirve cuando comenzamos a encariñarnos con ella.

Profundidad: Característica que alguna vez compartieron el mar y las ideas.

Puerto: Ultimo lugar del amor antes de hacerse anfibio.

Sonámbulo: Cuerpo que no puede resistirse a la tentación de usar el subconsciente.

Trascendencia: Materialismo del intelectual.

Ventaja: Egoísmo con testigos.

(Publicado en El Subsuelo el 3/2/08)

domingo, 27 de enero de 2008

Perpetuo

¿No notaste que a veces las bombas caen desde adentro?
Cuando la cólera no es mensurable
y el arrebato viene de otros vientos
y el hambre no proviene del estómago
El verso amargo e ineludible
que te obliga a hacer pie sólo para los demás
ese equilibrio que te saca de tu centro
esa barricada contra la discordia
como un decreto que firman encapuchados
en una oficina celestial
Una lluvia en el centro del sol.
Tu problema con la felicidad es de velocidad y de tiempo.
Levantaron las carpas de la caravana mientras desayunabas.
Un silencio pide el retorno de todo.
La claridad te sorprende saciado.
Llegás al fondo del jeroglífico cuando ya a nadie le importa el secreto
Testigo, como en visiones, amontonás las imágenes que salvan de cualquier naufragio.
Pero el corazón pesa más que el ancla.
En remolinos te abandona la razón
Un templo de argumentos queda hecho cenizas
Las palabras se agacelan
Pegan saltos de liebre las definiciones
Y, triste y demencial, abandonás a tu última aliada: la inseguridad.
Te despertás adentro de un sueño para comprobar que nunca serás inconsistente.
¡Ah!, elocuencia de lo inconcluso.
Certeza de indecisión infinita.
Alguien te certifica que se extinguieron los claroscuros.
Boquean los dos últimos peces flacos de la contradicción.
El mar ahora es de arena y quedaste del lado de la playa que se abre en temibles fosas marinas.
El carcelero se acerca con la estocada final: te anuncia que es fácil de sobornar.
Volcás cinco monedas en su palma como quien hace el último gesto de la impredecible.
Te abren la puerta. Cruzás el umbral.
En la cara te golpea la usura de un nuevo y eterno aire.

domingo, 20 de enero de 2008

La bandada



(Cuento de mi amigo Gustavo Ciuffo, el de lentes en esta pintura blasfema. Están también Damián, Fede y yo)

Había llovido mucho la noche anterior. Los tres chicos, inseparables compañeros de siestas escapadas, salieron a cazar pájaros al descampado. Junto al terraplén, abandonados al mediodía que empezaba a secar los charcos con un sol hirviente, los amigos celebraban la llegada de una bandada de gorriones pardos. Las aves revoloteaban, aturdidas aún por los efectos del agua que hacía unas horas había caído a mares en todo el pueblo.
Los chicos caminaban por las vías en fila india, ayudados por el contrapeso de sus brazos y simulando movimientos equilibristas. Cayeron al barro antes de completar la distancia acordada, a causa de la torpeza del primero y el inevitable efecto dominó de sus cuerpos. Los pájaros seguían allí arriba y ahora que los tres descansaban en la humedad del pasto decidieron recoger algunas piedras cuidadosamente seleccionadas y fueron turnándose en los lanzamientos para valorar sus tiros.
En la primera docena de hondazos de piedras afiladas, cayeron dos. A uno se le reventó el corazón en el aire, al otro se le murió el último soplo cuando su cuerpo acelerado cayó al suelo, con un resto de aleteo hiperquinético, como tratando de incorporarse a la altura que hacía unos segundos le ayudaba a planear. Los chicos llevaban un pequeño cuchillo, abrieron aquellas armaduras de plumas que poco habían protegido a las desafortunadas aves y las esparcieron a lo largo de la vía. Los tres estuvieron de acuerdo en seguir con el juego. La bandada parecía haber aumentado, y los hondazos eran latigazos que se disparaban rítmicamente, respetando los turnos y aumentando la potencia por el efecto de los premios que caían desde el cielo.
Curiosamente la bandada seguía nutriéndose de gorriones que acudían al festín de sus verdugos y, también curiosamente, cada vez planeaban mas bajo, a una altura que duplicaba la probabilidad de alcanzarlos de un hondazo. Caían remolinando sus cuerpos mezquinos, caían inertes y muertos desde el segundo del impacto, caían con las alas rotas, desarticulados, huérfanos, inconscientes. Los tres amigos los iban despedazando al tiempo que colocaban la colección de alas una pegada a la otra formando un felpudo de tibio plumaje. Realizaban esta macabra tarea a toda prisa y gritaban exaltados porque veían que la bandada había reducido su altura y seguía sumando gorriones a aquel espiral de la muerte. Vistos desde cualquier ángulo del descampado era una postal dantesca, sobre todo porque aquella masa de aves sobrevolaba a escasos metros de las tres cabezas asesinas, como si alguna extraña fuerza impulsara a todos esos pájaros a llamar la atención sobre el triste ritual del que eran víctimas sus compañeros.
El conductor del tren, asombrado por el torbellino plateado que proyectaba aquella bandada de gorriones, no alcanzó a frenar a tiempo. El destello del agua que aún quedaba sobre los pastizales adheridos a las vías tampoco le permitió ver a los tres amigos que, de espaldas a la locomotora, improvisaban una alfombra de plumas pardas, con manchitas de sangre tibia, que se irían multiplicando por mil en los segundos fatales.

ГДЕ БЫЛ БОГ? (Dónde estaba Dios?)


ГДЕ БЫЛ БОГ КОГДА Я ЛЮБИ ТЫ ЦЕНТР?
(Dónde estaba Dios cuando yo amé tu centro?)

Bloguear o no bloguear

Internet, de a ratos, ofrece esa "justicia poética" que puede provenir de sentirse plenamente en comunidad y sin importarnos un pito lo que sucede a veinte centímetros de nuestro teclado. Una especie de ideal hippie virtual momentáneo. Pero cada paraíso implica un ghetto.
Ese ideal hippie se transforma en la más ácida de las reacciones capitalistas al sentirnos a salvo por estar entre los de nuestra clase.
Somos todos unos monstruos en constante metamorfosis metidos en algo así como el agujero de El Aleph, mientras un Borges aún vidente nos espía.
En Internet no se terminan nunca las vacaciones de las neuronas. Al mismo tiempo está al alcance nuestro el más buscado de los secretos universales (se puede asegurar que hay uno para cada necesidad y tipo de neurosis) y con ese secreto, decimos, convive la más cómoda ociosidad para aprehenderlo.
Pero es en el intercambio de ideas donde peor se pone el cielo virtual. Donde la tormenta se desata y deja huellas cuando apartamos la mirada de esa ventana que guarda todo al apagarse.
En este mismo momento estas palabras son tipeadas en una cinta empapada de tinta que, apoyada en un papel, deja su marca luego de un impacto de un pequeño martillo con la forma de la letra pensada y luego requerida. Después, el texto, por obra y gracia de varios factores fortuitos más que por merecimiento propio, pasará al complejo sistema de impresión de un diario. Y más tarde, también, se sumergirá en aguas internáuticas. Entre las que como posibilidad está la playa de un blog.
Pues bien, más allá de deseos, virtudes y equívocos, lo que aquí se produce es un transporte de ideas. Sin importar los vehículos y las posibles paradas, lo que es interesante observar es la velocidad con la que desarrollamos un traslado de pensamientos.
Qué mejor que Italo Calvino, en Seis propuestas para el próximo milenio, para quede bien claro:
El siglo de la motorización ha impuesto la velocidad como un valor mensurable, cuyos récords marcan la historia del progreso de las máquinas y de los hombres. Pero la velocidad mental no se puede medir y no permite confrontaciones o competencias, ni puede disponer los propios resultados en una perspectiva histórica. La velocidad mental vale por sí misma, por el placer que provoca en quien es sensible a este placer, no por la utilidad práctica que de ella se pueda obtener. Un razonamiento veloz no es necesariamente mejor que un razonamiento ponderado, todo lo contrario; pero comunica algo especial que reside justamente en su rapidez.
Por supuesto: es mejor intento leer todo el libro de Calvino, o al menos el capítulo titulado Rapidez. Pero como párrafo sintetizador, acordemos con estas coordenadas de navegación:
En la vida práctica el tiempo es una riqueza de la que somos avaros; en la literatura es una riqueza de la que se dispone con comodidad y desprendimiento: no se trata de llegar antes a una meta preestablecida: al contrario, la economía de tiempo es cosa buena porque cuanto más tiempo economicemos, más tiempo podremos perder.

miércoles, 16 de enero de 2008

Lo que pesan las palabras

Hay que pesar bien las palabras. Durante una despedida, por ejemplo, un término con exceso de miligramos sostenido en la palma de la mano en forma de cuenco, puede traer consecuencias similares a un maremoto. Del modo contrario, si le faltase peso, incidiría como un agujero negro atrayendo para sí toda la materia y dejando el reinado de la nada. Y para siempre.
Distinto es el destino que se puede esperar de las palabras que cuelgan de los labios, famélicas y privadas de la capacidad de pasar a los hombros de un salto. Con una densidad mayor a la de los músculos faciales, pueden provocar en el rostro daños irreversibles. Basta con comprobarlo en ciertos gestos permanentes de gentes que andan por la vida con la cara de esa palabra paralizadora. Entonces ellas dicen siempre esa palabra enquistada, permanentemente, aunque estén hablando de otras cosas.
Hay algunos que terminaron prisioneros de sus palabras por el simple hecho de haberlas engordado de tal manera que al salir se tranforman en sus verdugos. Tienen como amante a la grandilocuencia y su destino es tan penoso como el de un emperador en sus últimos días de poder.
Se sabe que aquellas a las que se lleva el viento tuvieron por parte de su autor un régimen anoréxico que las dejo imposibilitadas de hechar raíces por volátiles. Son palabras fantasmas que no pueden concretarse ni formar parte de ninguna frase ni discurso porque harían desaparecer con ellas a todo el sistema involucrado.
Las palabras empeñadas, pobrecitas, salen ya de la boca con un sino marcado. Financiero y tremebundo, como un esclavo esperando por su dueño mucho antes de saber qué nombran o a quién nombran.
Ni se hable de las hijas del verborrágico, que pasan por la vida con la pena de una sombra, con el vértigo de un cometa al que ahora vemos pero que murió hace millones de años.
Peor es el caso del que las cuida. Del que las pone en sus casillas, como pollos a engordar, para ser saboreadas durante una fiesta que nunca llega. Y, llegado el caso, explotan el recipiente dejando pedazos de lástima pegados por todo el contexto.
Hay que pesar bien las palabras. Y luego decirlas. Hay una instancia a la que todo ser humano tiene derecho en la que puede controlar el peso de lo que va a decir. Como a los boxeadores antes de una pelea. Hay que usar el método. De lo contrario, cuando están en el ring, corren el inevitable riesgo de morir atolondradas en el plástico del protector bucal. Y se han dado casos terribles donde, además, se llevan puesto al protagonista.

Primera nostagia

Anillos de lluvia fueron envolviendo la tarde.
El cuartucho guardaba el calor de los últimos días.
De a poco, como si hubiesen esperado el fresco, le volvieron al pintor las astillas de la creación propia.
En ademán de esgrima dejó escurrir del pincel las primeras ideas. Esas que nadie alcanza a conocer como obra. Como sucede con el músico o con los que escriben novelas exitosas. Desechan el primer aluvión de obviedades porque, conocedores del oficio, saben que son el primer engaño para alguien muerto de sed.
Alguna vez pintó así, con el arrebato de un adolescente apretando contra la pared la primera blancura rosada abriéndose. Pero ahora hacia mucho que, con la cintura de un boxeador experimentado, dejaba pasar de largo los golpes de la primera nostalgia. En verdad, como quien toma el té en el segundo uso del saquito.
La primera línea, de un ocre espeso al medio y un amarillo suave diluyéndose por los bordes, lo acomodó en el mundo. Hizo pie en la base de lo que se había convertido: un excelente tirador de la primera piedra. Como alguien que hubiese batido a todos los duelistas que se le cruzasen.
Hubo veces en las que ese tipo de líneas (algo de no más de ocho centímetros sobre una gran tela blanca) lo dejaba alegremente abatido durante días, hasta que volvía a retomar el cuadro sabiendo exactamente hasta dónde podía llegar.
Hoy no era de esos días. La tormenta de verano no ofrecía garantías de esperarlo mucho más. Como un enorme buque pasando lento por su ventana, las nubes y sus anillos de agua eran una silenciosa sirena que presagiaba el desamarre.
Y, a decir verdad, a la muestra individual de la próxima semana no le vendría nada mal una nueva obra. Esta, que ya parecía tener garantizada la sonrisa del diablo de entrada.
El cuerpo entonces, como una antorcha que se consume en el viento nocturno, se contorneó unos tres minutos incesantes. Pintó con los colores que se habían mezclado en la pasión. Cuando no tuvo más acrílico al alcance del brazo, vaciló. Luego aprovechó el sobrante tibio aún sobre sus dedos y dio algunos conjuros sobre la tela con los índices y los pulgares.
Después retrocedió y avanzó. Se separó y se acercó al cuadro tantas veces como para dar la idea de múltiples espectadores observando el cuado simultáneamente.
(Publicado en enero de 2008 en El Subsuelo)

Cruel en el cartel

No hay pájaros
es temporada de masacres
debemos confeccionar el bestiario entre nosotros
Noviembre inicia un bosque de afiches que se descascaran.
Pasa el aire que nos renueva el exilio.
Calvicie
Siente estirarse la piel de su vientre. Oye crujir su arrepentimiento. Pero también bebe con fruición las gotas pausadas, interminablemente dulces que produce el placer de no tener que ser lo que se prometió.
Erario
Al ladrón de gallinas se le convierte en campo de concentración el gallinero.
Se hacen fiestas públicas con elefantes como invitados.
(nos acomodan como testigos sin privilegios)
Nuestros únicos errores fueron de ortografía.

Naufragio
Aprender a aguantar la respiración para dejar pasar de largo a los barcos que pudieron salvarnos.
Y esperar que un disparo de incertidumbre nos reinicie en la escena.

(Publicado en agosto de 2007 en El Subsuelo)

Puntualidad

Como si fuera útil ¿para quién? el ejemplo o necesaria ¿para qué? la advertencia. Olga Orozco.

Pasos:
decirlos
pero no darlos.
Malaventurados los insomnes
todo destino huele a emboscada
y la constancia es un delito.
Son de humo todas las señales a los bordes de la rutas del éxito.
Nada puede decir algo si no tuvo antes el examen del silencio.
El ejercicio de tu corazón necesita conocer el sentido trágico, como un bosque reclama el encantamiento.
En tus perchas vacías de contradicciones están desovando las peores larvas.
Una lluvia de seguridades agujerea con sus estalactitas el último refugio. Ese que sólo conocerías con el último lengüetazo de la necesidad.
Estás adiestrando perros que se comen por la cola, comenzando por la mano que los somete.
Llamás guarida al cielo abierto por donde caerá el vómito de dios.
Ensayaste tres tipos de marchas nupciales para una ceremonia de uno solo, en la que no habrá ni siquiera alguien para corregir la hendija en la tapa.
Ojalá desde ese ojo de luz puedas leerme tardíamente. Con las uñas inserviblemente crecidas para dibujar la última señal en la madera. Y que nadie verá, salvo el más fiel de los adiestrados perros, que no saben leer.
Nocturno
caen sobre la mesa de luz lágrimas desde ningún lugar.
Una injusta medida pide que hagamos silencio como quien hace la cama.
No hay nadie más.
Y nos levantamos a la misma hora.
(Publicado en julio de 2007 en El Subsuelo)

Bar El Olvido

"Prohibido escupir en el suelo" -decía el primer cartel en el desgastado bar- y debajo agregaba "Prohibido tener problemas con el infinito".
Esteban sabía de un modo inestable, incómodo, como esas ideas que no se terminan de agarrar bien, que no permanecería mucho tiempo más ahí. Y mucho más endeble aún era la razón por la que había llegado hasta ese bar que, como un museo, se extendía en galerías con carteles y advertencias.
En el que a continuación apoyo la vista Esteban decía: "Lugar de fumadores y caminantes de la Senda del Perdedor".
Pasó por mesas de ajedrez, mus y tute. Nadie movía ni piezas ni barajas.
Esteban sintió entonces un peso en su mano. Y recordó por qué estaba ahí. Preguntó por el señor Velázquez y le entregó el sánguche que le habían pedido.
Entonces sonó un tango sin música.
Se llamaba Olvidar el Olvido:
"Mientras un tango es apenas hablado
el fondo de un vaso como espejo
y siluetas perdidas como acompañantes.
La conciencia charlatana, sombra urbana,
Capitana de la desdicha.
Idiota idioma sin giros.
Consentir el sinsetido.
Cacofónica estridencia en práctica inutilidad.
Con valijas en la mano
En la sala de estar de lo que se fue.
Autodiscurso verborrágico de las horas
en las que los amigos duermen
y el amor es soñado en su mínima intensidad.
Sólo a veces el mundo es más grande
que la mesa de un bar.
Sólo a veces, muy de cuando en cuando,
la vida te da sorpresas".
Cuando el tango terminó, increíblemente Esteban había retenido cada una de esas palabras que, a decir verdad, no combinaban para nada con la métrica de una canción.
De pronto sobrevino un mareo intenso. Como una resaca de años que llega de golpe.
Se fue apoyando por las descascaradas paredes, sorteando carteles infernales hasta poder divisar aquella brillante y única indicación que no tenía agregados metafísicos: SALIDA.
La retirada del chico fue como la del humo de los cigarrillos cuando alguien abría la puerta desde afuera.
En el fondo, con los ojos desmesuradamente abiertos, quedaba don Esteban Velázquez, con un sánguche en la mano y una botella de jerez a punto de extinguirse sobre la mesa.
(Publicado en julio de 2007 en El Subsuelo)

Cien goles en soledad

La pelota hizo un ruido absurdo debajo de los tapones. Como el chillido de una rata que quiere escapar. Manuel, con una leve presión de su mano sobre la rodilla, la estabilizó. Habían cobrado un tiro libre al borde del área. Lo que se dice un penal con barrera. El arquero se había convertido en un espontáneo discípulo de Hitler: con su brazo derecho erguido, la palma de la mano hacia abajo, cuatro dedos de cuero extendidos que pretendían ser los de un titiritero y puteadas de arenga que salían de su boca.
El lunes pasado me había acordado del cumpleaños de Manuel. Y le había llevado un par de zapatillas de esas que siempre mirábamos de chicos sin posibilidades desde las vidrieras. Me dejó helado cuando me dijo, al ver la marca sin abrir el paquete, que estaban buenas pero que sólo las podría usar de entrecasa porque si lo llegaban a pescar para una nota o le sacaban alguna foto sin la marca que tenía que usar...
De chicos, cuando Manuel llegaba al entrenamiento recuerdo que su diminuto cuerpo mentía su edad. Lo ponían de ocho y laburaba de ocho. Le decían que tenía que defender y defendía. Por eso, cuando pudo demostrar que era delantero con "olfato absoluto", lo dejaron arriba, bien libre, para siempre. Se podría decir que por los equipos que pasó luego, logró que los demás diez hicieran todo para que su voracidad de redes quedara satisfecha. En cada partido largaban a Manuel como a un demonio de Tasmania que se la pasaba cruzando el área grande con o sin pelota. Y se la ataba a los pies cuando venía alta de un rebote o cuando corregía uno de los pases de sus mediocres compañeros. Ahí la clásica era una diagonal contra viento y marea y luego un cañonazo inverosímil que salía de una maniobra cortita e irreproducible hasta para un contorsionista.
La tarde de otoño en la que lo vinieron a buscar para primera fue de alegría para todos. Los chicos habíamos entendido con madurez precoz que lo nuestro no daba más que para relleno. Lo despedimos a Manuel y a los siete días ya lo estábamos viendo escupir por televisión en primer plano. Antes de irse me dijo con sana ironía "seguí laburando de 2, por ahí...".
Otra cosa que tenía Manuel era la pegada con pelota parada. Pero algo de eso también había cambiado. No en prestancia ni en efectividad. Sino en algo que nadie adivinará jamás: la diferencia estaba en el entrecejo. En un pedazo de arruga que denota preocupación donde antes había un pedazo de piel tenso pero con temperatura de placer. Con hambre de una gloria distinta. Qué sé yo.
Hay que decir también que en realidad ha sumado efectividad. De hecho los cuarenta mil rostros del estadio giran ahora alrededor de la cabeza de Manuel con un silencio pasmoso. Todos quieren saber si va a convertir el gol número 100 de su maratónica carrera.
Manuel retira lentamente el pie que sostiene la pelota e inicia tres enormes zancadas hacia atrás. El silbato del árbitro recorre una extensa escala de graves a agudos que parece partir la cancha por la mitad. Yo me agarro los testículos pero no cierro los ojos. Y me acuerdo del comienzo de una novela:
"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde..."
(Publicado en abril de 2007 en El Subsuelo)

Líneas subterráneas

No suelen ser nuestras ideas las que nos hacen optimistas o pesimistas, sino que es nuestro optimismo o nuestro pesimismo, de origen filosófico o patológico quizá, tanto el uno como el otro, el que hace nuestras ideas. Don Miguel de Unamuno
Es un hambre al que, solícitos, recibimos sabiendo que no será saciado. Un hambre condenado a no tener remedio, comida, satisfacción. Porque la plenitud de ese hambre es tener siempre hambre.
¡Qué infección prematura suele ser! Cuánta vergüenza suele acarrearnos. Primero somos unos niños desubicados, insalubres, pálidos y malhumorados. Luego pasamos por una máscara para convencer y autoconvencernos de que nos llegó una jubilación antes de tiempo.
Pero no dura mucho el engaño.
Fotos amarillas son las encargadas de traernos el más actualizado de los presentes: siempre quisimos ser así. Teníamos ese hambre que no era para el estómago del que los demás hablaban. Como a esos niños a los que se le ocultan sus orígenes, así, nosotros nos convertimos en nuestros propios padres para convencernos de que no éramos adoptados. Toda la máscara cae luego.
Las líneas subterráneas estaban en nuestras manos cuando aquella gitana nos asustó en la esquina.
El despertar del deseo sexual suele ser más capturable por los Controladores. Pero no tan castigado, por cierto, como el del prematuro sentimiento trágico de la vida.
La castración mental tiene métodos más sofisticados. Pero están destinados a fracasar.
Nuestro cuerpo, a pesar de las maniobras de distracción que se ponen a funcionar, guarda una memoria que, se diría, es material. Una memoria con almacenamiento en cada uno de los poros de la piel. Una metafísica infancia latente que se queda acunando lo que está vedado por el momento. Y un buen o mal pero inexorable día, sale a resplandecer. Ahí advertimos que el hambre continúa. Y tiene más hambre de ser hambre que al principio.
¿Qué pasó con nuestras ideas mientras tanto? ¿En qué cubículo perezoso se convirtió nuestro cuerpo al no poder sostener la edad del rayo?
En nombre de la Ingenuidad, como al pasar por un detector de metales, nos hacen dejar el olfato. Descargar el sentido de orientación de nuestra conciencia en formación.
Todo es, desde entonces, un sinuoso camino por querer encontrar nuestra mirada perdida.
¡Terrenos de Babia que nos deben! La clausura de unos montes que no tenían derecho usurpar. ¿En nombre de qué ficticio bienestar viene este retardo? ¿Cuáles son las mejoras de sus despabiladas experiencias? ¿Por cuáles miedos no nos permitieron alcanzar mayor velocidad de pensamiento? ¿Qué vergüenza les lavamos mientras sus envidias nos mantenían con la cabeza debajo del agua? ¿Qué temporal inválido era el que no podíamos mirar? ¿Así como están se creen graciosos?
Los toboganes de su supuesta protección son ahora cuesta arriba. Donde arde nuestra hambre. Con nuestro nombre. Y al que alguna vez nos hicieron dejar a la entrada de este juego.
(Publicado en enero de 2007 en El Subsuelo)

El entierro de un payaso


La sangre de los cómicos de la legua como torrente de barrio diluvial. Y una mueca colorada colgada del cielo.
Sin paraguas y a pleno sol fue el entierro.
Aduaneros de seriedades que no sirven para nada dejaron de tener efecto.
A doña Muerte no le gustó nada ver llegar ese cortejo. Se le llenó de color su agujero maldito. Y la luz de una nariz colorada la hizo poner de ese mismo color. A ella, tan a gusto con cara de talco (ella es a su modo, un payaso a medio terminar).
Un atajo en la tierra. Un hueco para que descanse con su traje transpirado de genuina savia. La sabiduría es estar allá, riéndose.
Los sepulcros suspiran envidia en sus terrones enmohecidos. Y hay un grito sepulcral que se repite: "yo también quise vivir así. Pero sobre todo, quiero ahora estar muerto así".
Hay que pintarse encima de la tristeza.
Nadie ve en los corazones.
Hay que hacerse payaso al segundo de perder un amor. Ponerse el elástico encima de la herida reciente. Y saber que en la pista no sólo puede morir el trapecista.
Hay que salir a hacer la función sin nadie.
Y, en los casos de mucho público, tener siempre reservada una butaca al olvido.
Guardar al menos una cuerda para que al tocarla broten todas las canciones.
Un cansancio de siglos descansa en el ataúd. Que ahora los compañeros de ruta llevan extrañados por la levedad.
Pesamos lo mismo que hemos hecho. Y haber regalado al aire nuestra esencia no nos hace olvidables, sino etéreamente eternos.
Luego, es mejor llegar como recuerdos en imprevisibles y suaves brisas antes de golpear como martillo con nuestras absurdas acciones hechas a semejanza de nuestra propia salvación.
Hay una enorme fortuna en las risas que provocamos en bocas que nunca conoceremos.
Todas esas maravillas se abren al final con las fauces de la tierra.
La Muerte pasa de largo cuando depositan al payaso. El barro junta con la esencia de una peluca anaranjada. Se riega el planeta con un profeta que no tuvo discípulos.
Y todo lo que rodea al colorido cortejo y queda de este lado de las convenciones, envejece de patetismo.
(Publicado en diciembre de 2006 en el Subsuelo)

Hernandiana

(Me sobra el cerebro)
Hoy estoy sabiendo el qué y el cómo,hoy estoy para razones solamente,hoy no tengo amistad,hoy sólo tengo ansiasde arrancarme de cuajo el cerebroy ponerlo debajo de un zapato.
Hoy reverdece aquella duda seca,hoy es día de cálculos en mi reino,hoy descarga en mi cráneo el desalientolimbo desalentado.
analizo con frialdad las navajas,y soy cuerdo con aquel hacha compañera,haría un tintero de mi cerebro,
Tengo la pena de una sola teoríaque vale más que toda la imaginación.
Una certeza me ha dejado con los brazos caídosy no puedo tenderlos hacia más.¿No ven mi boca qué segura,qué conformes mis ojos?
Cuanto más me pienso más me aflijo:cortar este dolor ¿con qué tijeras?
Ayer, mañana, hoyrazonándolo todomi cerebro, pecera melancólica,lago de ruidosos moribundos.
Me sobra cerebro.
Hoy, descerebrarme,yo el más cerebrado de los hombres,y por el más, también el más amargo.

Pessoana
Si el cerebro pudiera sentir, se detendría.
Nerudiana
(Elegía al cráneo)
El huesudo
sótano del pensamiento,
el coco amargo,
la bóveda de la risa
protectora
como una caja de reloj
de arena desmoronada.
Las
circunvoluciones arrugadas
como una cordillera que nos sumerge
y en ellas
la vanidad, la hiel en movimiento,
la mortuoria corona
del disimulo,
las trampas del recuerdo.
El duro
mineral,
la osamenta
de la tierra,
y herido aún
en este
llanto escupo
el cráneo, el tuyo,
el mío,
el cráneo,
la desmesura
impropia,
la caja fuerte, el casco
de la muerte,
la nuez de la discordia.
(Publicado en octubre de 2006 en el Subsuelo)

Dostoievski frente a un cuadro de Holbein


Filósofos y escritores contemporáneos, como es el caso del mexicano Sergio Pitol (Premio Cervantes 2006), coinciden en que no habrá una destrucción del libro por Internet, sino que serán complementarios.
Muchas veces tomada como expresión de deseo, uno lee la frase y se deja convencer. Pero cuando hay un acción concreta capaz de llevarla al terreno de lo irrefutable, es mucho mejor. A continuación, un testimonio.
En Clarín del martes 7 de febrero el crítico Juan José Santillán hace una excelente crónica de la obra "Los mansos". Es la muy propia adaptación teatral de Alejandro Tantanián de la novela "El idiota" de Fedor Dostoievski. No solamente logra que el lector comprenda lo que ocurre en el escenario, sino que nutre la crónica con datos certeros y convocantes. Santillán se explaya sobre un cuadro que aparece en escena. "El Cristo muerto", del alemán Hans Holbein. Es porque el personaje de la obra -Rogojín- menciona el párrafo textual de Dostoievski: "frente a este cuadro uno no tiene otro camino que perder la fe". Si uno indaga en biografías sobre el gran escritor ruso, sabrá que ese cuadro fue una obsesión real del autor.
Dostoievski lo menciona exorcizándose por medio de sus personajes, pero conocemos que verdaderamente tuvo esos planteos cuando se paró a pocos centímetros de él.
Se trata de un óleo donde Cristo yace luego de ser bajado de la cruz. Y tiene un formato transgresor para la época (1521). Está pintado sobre una tabla de 30,5 centímetros por 2 metros. Un tamaño natural impactante. Pero mucho más lo es en su detalles. Ojos y bocas abiertos, como epicentros de una oscuridad que proviene del infinito. Y un cuerpo demacrado hasta lo imposible.
La mismísima esposa de Dostoievski, Anna Grigorievna, lo cuenta así en su diario: "Camino de Ginebra, nos detuvimos un día en Basilea para visitar el museo donde se halla un cuadro del que habían hablado a mi marido. Es un lienzo de Holbein, en el que se ve a Cristo, que acaba de soportar un martirio sobrehumano, descendido de la cruz y descomponiéndose... Demasiado débil para mirarlo más tiempo, me fui a otra sala... Cuando volví, mi marido estaba aún allí, en el mismo sitio, encadenado. Su rostro emocionado tenía esa expresión de pánico que ya le había notado muy a menudo al comienzo de sus ataques epilépticos".
¿Qué posibilidades tenía varios años atrás un lector latinoamericano, embebido en las palabras de Dostoievski, de conocer esa figura que había estremecido el alma del escritor? Un alma que para estremecerse necesitaba mucho más que cualquiera de sus contemporáneos. Imaginar un viaje a ese remoto museo era el consuelo. Pero con Internet, y gracias a un periodista generoso en detalles en su crónica, uno puede llegar a una reproducción de alta definición de ese cuadro. Recorrer con asombro y mouse tembloroso una pintura que no cabe en el cuadrado de la pantalla, porque se presenta de manera horizontal. Y tener, en una mínima proporción, el golpe de efecto del autor de Crimen y Castigo.
Internet y los libros, en este caso, nos participan de una boda enriquecedora. Sin uno o sin el otro, la experiencia hubiese quedado incompleta. A pesar de que el viaje a ese museo sigue vigente en el encendido de nuestro deseo, tenemos otra imagen que nos ayuda a sostenerlo.
Recomendación: tipear en un buscador "El Cristo muerto Hans Holbein" en el ícono de imágenes.
(publicado en febrero de 2006 en El Subsuelo)

Epifanio

He sentido pasar sobre mí el viento del ala de la imbecilidad. Charles Baudelaire.

El cerebro es una enfermedad reversible.
O al menos tiene paliativos.
En el Volcán que entrega palabras -si uno procura llegar a sus pies tomando los recaudos necesarios- puede encontrarse con las lágrimas de plata, aquellas que derivan de los labios de la sinceridad.
En el Monte en el que reina Epifanio, podemos redimir parte de nuestra mancha, sanar algo del barro del presente.
En la Cima de la Gran Pradera nos es concedida nuestra infancia, para una breve visita a lo que olvidamos ser.
Recuerdo es la palabra enemiga. La oposición, la que ensangrenta el significado de epifanía.
Re-cuerdo es una obscena reafirmación de que ahora estamos cuerdos.
Porque olvidamos que no hay mejor cuerda que la del cable delgado por el que pende nuestra fe, como una enorme araña (*).
Los juegos alucinatorios de nuestra edad temprana fueron descuidados. Quedaron al desamparo del viento de los años. Y toda la tarea desde entonces es el intento de recuperarlos a fuerza de sustancias.
Un poco de líquido amniótico debería quedarse rodeando nuestro cerebro. Las membranas que lo reemplazan no son suficientes.
Todo el empeño lo ponemos en prohibir lo que no podemos recuperar.
Por eso alguien alguna vez bajó del Gran Volcán con algo que no eran palabras. La música sí agujerea distancias. Distancias abismales como la que separa la mente del corazón.
La música es la cinta transportadora de la epifanía.
(*) Referencia al poema de Annie Sexton "Un cable delgado".
(Publicado en octubre de 2005 en El Subsuelo)