martes, 3 de junio de 2008

Territorios no dichos (Sobre un libro de Roberto Glorioso)


A veces no son los ríos los que nos llevan al mar, sino los poemas.
Ocurre que un libro nos llega por correo. Y en ese gesto vuelven a existir sin solución de fugacidad las palabras "libro" y "correo".
Un sobre le echa un gris amarronado al mundo. Damos bocanadas de ahogado con las manos para abrirlo.
El vertedero humano ha estado entristecido de fuego en los últimos años, por lo que todos los mensajes se hicieron de guerra.
Abrimos el libro y el papel nos corta los dedos. Es helado el viento de la indiferencia que abarca lo simbólico.
Los mensajes no se hicieron indescifrables, se hicieron innecesarios para una turba que nos oscurece encandilando.
A veces las bendiciones no son espirituales sino que se tocan, como Una tierra no prometida que nos llega en el Ultimo Reino. Tal el nombre del libro, tal el nombre de la editorial del autor azuleño Roberto Glorioso.
A veces las palabras ni se escriben ni se dicen: se exhalan. Así llega la primera arenga de aire:

Los cepos esperan animales
crecidos en perversión
de baldíos
y mármoles
Limpiamos un poco el silencio para seguir, como si hubiese guerra en el paraíso.
Qué desarmado queda todo lo externo. Un biombo de tres hojas: "Insinuación de lo sagrado", "Máscaras sin reverso" y "Mural y espejismos" nos han separado de lo obvio.
Se sabe que:

Aquí ocurre el mundo
Donde muere sin tregua
lo que amamos
Los incendios son territorio devastadores en las pupilas.
Antes del poema final, demoledor, se anuncia el alivio:
La arenosidad
de la noche
asalta su presa
sin tácticas
ni militancias

Tierra no prometida. Ultimo Reino. Nadie quiere abandonar la trinchera, Roberto.
La estocada, nada menos que de Hugo Mujica, respira en la contratapa:

Así la cercanía de tus poemas, la distancia que no separa, así esa "Tierra No Prometida", no prometida pero pudorosamente anhelada, como si en ese anhelo nos la prometiésemos unos a otros, claro, con el pudor de la palabra: con la palabra poética. Esa, que entre todos, también en tus páginas, vamos narrando, nos atrevemos a nombrar, nombramos para habitar.

lunes, 26 de mayo de 2008

Pólvora sin puntería

Hay humedades de festejo
la claridad huye del poema
(alergia de pensamiento)
una estampida de destinos
arqueólogo varado
que sólo encuentra
aguja en los pajares
contar con toda la pólvora
y nada de puntería
todo se hace palíndromo
si (no) se sabe leer

Disimulado látigo

Una tarde de la infancia en la cocina entra en coma.
Hay que recordar antes de saltar de las sábanas.

El día es ácido sobre la nostalgia.

Futuro

Alguien encuentra una estrategia sin conocer bien el juego.
Sostiene soluciones como un ramillete de globos en la plaza.

Una mano en la oscuridad despierta la humedad donde se empezará a gestar la generación que pagará caro esa sonrisa.

Al final fue noviembre

Al final fue en noviembre
cuando no vimos pasar a los novios
Ninguna caravana globalizada nos deja bien
no nacimos para ninguna catástrofe
Al final fue noviembre
y tu mano aferrada a mi nervio.

(Publicado el 25/5/08 en EL SUBSUELO)

lunes, 19 de mayo de 2008

ABC del Derrumbado

Angustiarse: Ser.
Bohemio: Estar a la orden de la noche.
Código: Todos los códigos son mafiosos.
Cáustico: Persona que toma precauciones con humor.
Director de orquesta: Rabdomante fracasado que hace caer la gota gorda para, de vez en cuanto, encontrar música.
Emoción: Sensación que queda entrampada entre el cerebro y el corazón.
Ensayo y Error: Teoría que fracasa al considerar la posibilidad del ensayo.
Escuela secundaria: Según el cine norteamericano, lugar donde los sicóticos se forman para matar a sus ex compañeros.
Habilidad: Todo se rompe en mis manos, menos las historias.
Hipoteca: Toma legal de rehenes con régimen domiciliario.
Ingobernable: Sin tasación.
Moralista: Individuo al que le gusta ser llamado "un libro abierto" al tiempo que se encarga de cerrar los libros de los demás.
Ojo: Organo que sirve para envidiar. Fig.: órgano de la división.
Opíparo: Persona que molesta por su opulencia, pero más por la cacofonía.
Optimo: Estado alucinatorio.
Oráculo: Lugar donde por fin escuchamos la respuesta que queríamos oír. Amplificador de caprichos.
Rabdomante: Director de orquesta fracasado que busca conciertos de agua.
Sentir: Mentir con la piel.
Solapa: Parte del ser humano que sirve para sacudirlo.
Solitario: Emprendedor.
Trabajar: Actividad que permite al individuo descansar del consumo.

(Publicado en EL SUBSUELO el 18/5/08)

domingo, 27 de abril de 2008

El Diablo frente al espejo

Amanece en el averno. Los descarriados, por única vez en el día, forman fila.
Es otoño.
El titán rojo sacude, con sus cuernos de azufre, la pereza de un alba mortecina.
Es otoño y hace frío.
Los indisciplinados acomodan sus agendas de crímenes, sin saber que sus procederes se ajustan a la eterna rigurosidad, que en cierta forma es su disciplina.
Es otoño, hace frío, llegan muertos.
Satán se queda solo por un momento en su morada.
Salvo sus cuernos de azufre, ningún otro símbolo se refleja en su alma.
Es otoño, hace frío, llegan muertos, los cielos cambian.
Belcebú sigue ahí, de pie. Cerca hay un espejo. Todavía no se ha mirado.
Es otoño, hace frío, llegan muertos, los cielos cambian, los dientes rechinan.
La decisión está tomada. El Diablo extiende hacia un costado –sin mirar- su brazo izquierdo. Un destello recorre el recinto, un pensamiento: -"¿Puede llegar a cansarme la muerte eterna?"
Con la mano descorre las telarañas que llevan casi tres milenios cubriendo el cristal. Gira. Se mira.
Dios en el espejo.

(Publicado en EL SUBSUELO el 27/3/08)

domingo, 13 de abril de 2008

Fronteras

El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo. Olga Orozco.


Señales para mudar de tristezas
cada parpadeo hundido en el tiempo
desafora tu colección inútil
se pudren uno a uno tus recuerdos
Te cambian el hilo con el que hilvanan
a marionetas que simulan un destino
fraguan -asombrosamente- los escombros que
temblaban bajo tus pies
Nadie lleva sin traer
hay un vislumbre en pleno amanecer
fuego sobre fuego
se monta la ceremonia que te inicia
y despide a la vez
Consagrado a la nada, volteás para
controlar a la caravana invisible
alguien te ayuda desde estas palabras
cuando flaqueás en el desierto
***
Lo percibís en alucinaciones
pero es inmutable el traspaso:
una vez allá:
¿se constata una belleza en ruinas?
¿cuántos salmos te libran del laberinto?
¿cómo nacen los conjuros?
¿crece pasto en los bordes del umbral?
Convertido en salvaje en lo salvaje
el aullido pasa inadvertido
un nuevo aleteo de párpados
dilata las pupilas
para que vuelvas al vértigo de lo inmóvil

(Publicado en EL SUBSUELO el 13/4/08)

lunes, 7 de abril de 2008

ABC del Derrumbado

Anochecido: Barbarismo poético.
Boca: Filtro del corazón que suele apolillarse con los años.
Camino: Fin último, aún más allá de la meta.
Discreción: Empeñar un secreto con unos intereses que no tienen nada de discretos.
Disuasión: Poder adquisitivo.
Dramaliturgista: Poderoso orador que se aprovecha de los rebaños sedientos de demagogia.
Emblema: Encañonar, apuntar.
Entusiasmo: Desinformación.
Fervor: Sentimiento en decadencia por la asucencia de personalidades que lo merecerían.
Fúnebre: Sin maquillaje.
Indecisión: Claridad que como don también trae el consuelo de la intermitencia.
Longevidad: Beneficio al que todos quieren acceder sin sus efectos secundarios.
Opinión: Perfección del escudo.
Pasado: Patíbulo en el que nosotros tenemos los atributos del verdugo.
Razonamiento: Secreción tóxica.
Tolerancia: Impuesto que un gobierno puede decretar por necesidad y urgencia.
Virtuosismo: Categoría que otorga el espejo y no el público.

viernes, 4 de abril de 2008

A través de los relojes de la tarde

Borges hace girar un reloj de arena sobre un peñasco en Sierras Bayas y comienza el juego. El lugar, evidentemente, se transforma en La Mancha.
Lo primero que tenemos que sortear es a un grupo furioso de neologismos que se nos quieren adherir en la cara.
Luego, la culpa al atarnos la capa de la irrealidad, como si lo que quedara del otro lado de la puerta fuese una realidad que mereciera respeto. Como si un compromiso fuese mayor por sostener el absurdo que impone una mayoría ciega.
Crujen aspas de madera. Pesadas. Son verdaderos relojes de la tarde.
Como en un cuadro de Picasso, ahora la medición del tiempo atraviesa una etapa cubista. Los compases (minutos, segundos) se montan y se desmontan en enormes bloques cuadrados. Y no sabemos cuánto falta para un juego que no entendemos. (Como si el que dejamos allá abajo fuera más creíble).
Ciertamente debería haber cerca del lugar un conejo con sombrero, para que nos indique atajos. Es evidente que Borges ha confeccionado el juego junto con Carroll, tan amantes los dos de las matemáticas. Pero la magia no está en transformarse en Alicia o en descubrir una gruta más panóptica que El Aleph.
Cabalgamos sin ladridos. Ahora es el silencio y sus espirales lo que se transforma en este cuadro móvil. ¿Es el aire el que se ha quedado ciego?
Mirando a trasluz, como quien busca el efecto del arco iris, podemos observar que se trata de una pared invisible que nos protege de una horda carnívora de lugares comunes.
Igual que una difunta Correa, vemos del otro lado al asombro amamantar al lenguaje, famélico.
Un pequeño garito de palabras que guarda sus últimas provisiones. Nos acercamos como a un polvorín olvidado. Adentro de él todavía hay temperatura. Pero lo vemos siempre desde el otro lado del cristal.
El juego comienza a tener una multiplicación sensorial. Como si de pronto pudiésemos elegir varias posibilidades paralelas para sentir.
Borges es una figura multiplicada en la lomada. Rompiendo la gravedad, esa figura rodea la circunferencia de la montaña, lo que ofrece a un Borges parado, inclinado, de costado, invertido. Por lo tanto el reloj de arena marca simultáneamente un comienzo, un entretiempo, un final.
Es la última broma en forma de reglamento.
No hay tiempo para buscar lo que no sabemos y a la vez no podemos dejar de buscar.
Cuando vuelvo la cabeza hacia la pared de vidrio, veo que alguien que es yo está del otro lado.
No sé cuál de los dos sigue con este juego.

(Publicado en EL SUBSUELO el 30/3/08)

domingo, 23 de marzo de 2008

Siete haikus de ausencia

Desnudo grito
es la noche adentro
de tu aullido
....
El silencio es
la voz en que resuena
tu ya no estar
....
A plena luna
la muerte duda de su
propia mortaja
....
La brasa no es
ceniza mientras cree que
es el futuro
....
Tengo la llave
de una puerta a la que
nadie llamará
....
Por este río no
pasarán las tardes que
jamás me diste
....
Tablero vacío
de un juego que nunca
aprenderemos

Canción
La tarde de sábado ofrece una tregua
voy mente adentro
me debía esta visita.
Corredores olvidados
o que recién existen ahora,
en el recuerdo de nunca haber estado.
Hay infinito en esas sensaciones
que creíamos desactivadas para siempre
un loco murmurador
por túneles cerebrales
heridas que se quedaron sin piel
saliva humedeciendo senderos
que nunca estuvieron en los planes
Es sábado a la tarde haya afuera
pero no voy a volver
no esta vez
tengo preparado un reemplazo
cuando me saludes esta noche
el abrazo te dirá que me he perdido para siempre.

(Publicado en EL SUBUSELO el 23/3/08)

domingo, 16 de marzo de 2008

Yo amo la pared


La "milenaria" tradición de la televisión japonesa ha invadido las pantallas de los hogares argentinos para mostrar un juego que consiste en atravesar un muro. Pared que se mueve hacia el participante y que viene insinuando la silueta con la cual pasar al otro lado. Hermosa metáfora de lo que sería una "dificultad con instrucciones". Para completar la parodia, se provee al intrépido participante de un caso.
A veces, habría que leer también con casco, para que no se nos escapen los conceptos. Porque traté un poco en recuperar estos fragmentos de Memorias del Subsuelo, de Fedor Dostoievski:
"Usted no puede protestar: dos y dos son cuatro. A la Naturaleza no le preocupan las pretensiones de usted; no le preocupan sus deseos; no le importa que sus leyes no le convengan a usted. Está obligado a aceptar (...) el muro es el muro".
Eso es lo que le dice el supuesto lector (nosotros) al personaje. Y él responde:
"Evidentemente, no podré romper ese muro con la cabeza, ya que mis fuerzas no bastan para ello; pero me niego a humillarme ante ese obstáculo por la única razón de que sea un muro de piedra y yo no tenga fuerzas para salvarlo".
Agrega:
"¡Como si ese muro pudiera procurarme alguna paz! ¡Como si uno pudiera reconciliarse con lo imposible por la sola razón de que se funda sobre el dos y dos son cuatro! ¡Es el mayor absurdo que puede concebirse!"
Por favor, permitan un párrafo más:
"Cuánto más penoso es comprenderlo todo, tener conciencia de todas las posibilidades, de todos los muros de piedra, y no humillarnos ante ninguna de esas posibilidades, ante ninguna de esas murallas si ello nos repugna; cuánto más penoso es llegar, siguiendo las deducciones lógicas más ineludibles, a la posición más desesperante (...) sin dejar de pensar que ni siquiera podemos rebelarnos contra nadie, porque, en suma no tenemos enfrente a nadie".
Bien. ¿Se dan cuenta del aporte de la televisión milenaria de Japón? Hay algo más penoso aún para agregar a la lista demoledora de Dostoievski: mientras atravesamos la pared, advertimos que era de tergopol.
Por eso yo amo mi pared y la distancia que conservamos.

(Publicado en EL SUBSUELO, el 16/3/08)

domingo, 9 de marzo de 2008

La fábrica de hombres bomba y la venganza del lanzallamas

¿Qué quereis de mí? ¿Es mi alma o mi dinero? Si de uno carezco y la otra es una anomalía en esta vida... Nacho Vegas.

Volar desparramando fragmentos de humanidad luego de rodearse el cuerpo con explosivos no es una hermosa costumbre privada solo al fundamentalismo islámico. Es muy común, aunque no tan vistoso, que se preparen bombas humanas en otros lares. Pero con la diferencia de que los detonadores son ajenos y se accionan sin la voluntad del detonado.
Hay personas, grupos, modas, que van ingenierizando de manera arácnida la estructura para provocar el estallido de los que se destacan. E incluso esos estrategas tienen seguidores que continúan buscando dónde colocar una nueva mecha a los pedazos de quien ya no está más.
Un caso de la literatura argentina podría ser Roberto Arlt. A la situación de hombre - bomba, en este caso, habría que agregar un poco de gusto propio de Godofredo por los kamikazes y un poco de paranoia propia de la época. Arlt tuvo y tiene personas y personajes alrededor que en apariencia lo fortalecen y que muchas veces dinamitan por dentro. Entre críticos y protectores, él siempre sacaba la misma conclusión: seguir tirando cross a las mandíbulas. Es lógico que quien escribe como peleando, se canse o explote. El resultado es una maravillosa supernova que rara vez se ve por los cielos literarios.
En una mezcla de ayuda y perjuicios, Arlt tuvo a Botana, a Carlos Muzio Sáenz Peña (director de El Mundo que se afanaba en disimular los errores ortográficos del autor de Los siete locos), también a Julio Cortázar con unos "apuntes de reelectura" que fueron utilizados como arrogante prefacio para sus obras completas, a Beatriz Sarlo, a Ricardo Piglia (rescatador mayor) y Silvia Saitta, una investigadora del Conicet que está dando las pinceladas más nuevas al reeditar su "El escritor en el bosque de ladrillos".
Cortázar, por ejemplo, tiene esta cruel ternura en su prefacio: "Cuando tenía catorce años, me inició en los deleites y afanes de la literatura bandolesca un viejo zapatero andaluz..." -cita de El juguete rabioso-, y luego se pregunta: "¿Qué leíamos Jorge Luis Borges y yo a los catorce años?" No solo tratando de explicar la supuesta marginalidad de Arlt, sino componiendo un podio nacional en el que él estaría, por lo menos, en el cubo número 3.
Es extraño, por otra parte, que un escritor periodista (o el inventor quizás de una conjunción de las dos cosas como todavía no había) y que escribió tanto y de manera tan biográfica y realista, necesite hoy tantas biografías analíticas. No es para atentar contra el mercado editorial y este tipo de género. Siempre ayuda una investigación seria. Pero leerlas debería ser un paso posterior al de conocer las obras completas del biografiado.
"Pensá que yo puedo ser Erdosain, pensá que ese dolor no se inventa ni tampoco es literatura" (cita Saitta de una carta de Arlt a su hermana). Y no sabemos a esta altura si esa cita a lo Flaubert ("Madame Bovary soy yo") es genuina o surge porque ya empezaban a dar resultados los planes de los armadores de bombas en su cabeza.
Roberto Arlt -que murió de una tortura invisible a los cuarenta- era un lanzallamas. Y a un lanzallamas parado en una esquina de la literatura le gusta que miren su espectacular chorro de fuego, no la forma cómo está parado o el color de los pantalones.

(Publicado en EL SUBSUELO el 9/3/08)

domingo, 2 de marzo de 2008

Los clásicos y el ahorro

A lo largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. Jorge Luis Borges

Cuando no confundimos clásico con conocido y emprendemos la búsqueda de aquellos títulos majestuosos o autores imprescindibles, cualquier librería de viejo se transforma en una interminable casita de chocolate.
Los clásicos son la base de la fortuna de nuestra futura biblioteca.
Al ahorro lo provocan tanto en el bolsillo como en la cabeza. Primero porque siempre los encontramos en los anaqueles de ofertas, resistiendo al brillo engañoso de lo nuevo, con el esplendor opaco de las primeras ediciones.
Segundo, hay un ahorro de neuronas. Porque por cada clásico leído, uno deja de prescindir de infinidad de títulos mediocres, insulsos, plagiarios, pretensiosos, que sin esa vacuna previa podrían habernos engañado al punto de hacernos hablar maravillas de una obra que luego comprobamos insignificante.
¿Quién habrá inventado eso de poner la palabra aburrido al lado de clásico? Justamente, el universo vasto de las genialidades literarias es lo que nos permite enterarnos de que la navegación es infinita. Es imposible aburrirse buscando y también es imposible hacerlo mientras disfrutamos del tesoro hallado.
Los aburridos deben ser los que se cansan. Y los que se cansan, quizás debieran motivarse con otras cosas. Que las hay y muy valiosas.
Un clásico tampoco es un templo sagrado. Adentro de un clásico se puede gritar o incluso retirarse antes de que termine la ceremonia. De otro modo es imposible poder seguir descubriendo aquellos libros por los que hemos nacido con un gen lector.
No daremos nombres de fiascos o una lista blanca de los clásicos que más atraen. Sería la miseria más ridícula. Pero si podemos mencionar dos obras y dos autores que pueden ser una especie de guía para nuestra visita a la casa de chocolate. Con lo que el ahorro ya sería triple, porque ellos hablan desde su propio clasisismo de las obras que más les impactaron:
Uno de esos textos es "Los libros en mi vida", de Henry Miller (que deberá ser requerido a un amigo lector de los más dotados, porque hay dudas sobre su reedición). El otro es "La biblioteca personal de Jorge Luis Borges", donde con brevísimos prólogos, el más útil de los clásicos de estas pampas nos tiende una alfombra invalorable en el camino al placer de lo añejado atemporal.

(Publicado en EL SUBSUELO el 2/3/08)

martes, 26 de febrero de 2008

Cosas de viejos

La pareja de ancianos bajaba cansinamente a la playa. "La hora en que los viejos buscan caracoles", dijo el muchacho a la muchacha mientras subían el médano luego de fatigar la madrugada. Y se quedaron pensando largamente con malsana ironía sobre los achaques y sus teatrales decadencias.
Los viejos se agacharon cerca de la escollera vieja y comenzaron a remover las algas entre las piedras.
Allí depositan los cangrejos tiernos huevos que si se desayunan antes de que el sol complete su redondez fueguina sobre el mar, se transforman en el más efectivo elixir de la eterna juventud.

Vértice oceánico - celestial
Lento, de lentitud poética.
Arrasado por un maremoto dentro de un caracol.
Herrumbre
¿Por qué nos quedamos fijos mirando el esqueleto de un barco inclinado con los hierros retorcidos por los tarascones del mar, mientras ignoramos en el horizonte a las naves que llenan sus buches con peces que saltan?
¿Qué tiene la herrumbre?
Al costado de la noche
El agua llega y llega
hasta este muelle
y el aire salado cuenta historias,
que de noche se enfrían
se enfrían hasta el mar.
La mente se va y se va
hasta que ya no vuelve
y este momento es tan distante
como el horizonte buscando la mañana,
buscando y perdiendo la mañana.
Mi mente y el mar
llegan hasta este muelle
llegan y se van, sin saber
que hay más historias
al costado de la noche
(Publicado en EL SUBSUELO el 24/2/08)

lunes, 18 de febrero de 2008

A los rayones

Subrayar libros es la marca del lector ideal, sostiene Alberto Manguel en su larga lista de condiciones para transformarse en ese cómplice perfecto que todo autor busca para su obra.
En esta actividad, que hoy tiene franca decadencia, vapuleada sobre todo por el más cómodo e incandescente copiar-pegar, hay todo un trabajo de reescritura. Y de revalorización de los fragmentos. Un libro personal, confeccionado por todos los párrafos que alguna vez señalamos con flúo, con doble rayado en el renglón o con desprolijos corchetes en los márgenes, sería una tarea reconfortante. Empresa similar han encarado autores importantes como Bioy Casares con su conocido “De jardines ajenos”.
Pero a la hora de salvar del naufragio de polvo a los libros, ¿cuáles son los parámetros para medir la importancia de los párrafos que merecen botes salvavidas? Seguramente nos podríamos avergonzar de muchas marcas hechas en el pasado, discutir con algunas otras que ahora se empapan del rocío del presente y, lo mejor, encontrar otras que recién ahora tienen sentido. Frases o párrafos que alguna vez subrayamos sin saber bien por qué y que al redescubrirlas hoy nos hablan más claramente. Como si hubiésemos sido autoprofetas de nuestra necesidad intelectual del futuro.
Un valor importante para tener en cuenta a la hora de este rescate, es lo afectivo. El de las lecturas hechas con el corazón bombeando más ruidosamente que el muchas veces desconsiderado cerebro.
Así, Daniel Penac en “Los derechos imprescindibles del lector” nos seduce afirmando que “es prudente reconciliarnos con nuestra propia adolescencia; odiar, despreciar, negar o simplemente olvidar al adolescente que fuimos es en sí misma una actitud adolescente, una concepción de la adolescencia como una enfermedad mortal. De allí la necesidad de que recordemos nuestras primeras emociones como lectores y de que le levantemos un pequeño altar a nuestras viejas lecturas, incluyendo las más ´tontas´. Desempeñan ellas un papel inestimable: emocionarnos por lo que fuimos al tiempo que nos hacen reír de lo que nos emocionaba”.
Qué diferente es, sin embargo, subrayar para estudiar. Se trata de cápsulas para digerir y, en su momento, descartar del organismo. Por más pasional que sea el estudio, estamos buscando la forma de sintetizar lo incómodo.
Pero a la hora de registrar con líneas torcidas por el apuro del goce, estamos armando un mapa endeble y al mismo tiempo maravillosamente misterioso. Con los trazos de lo que seremos en el futuro, aunque a veces tengamos que volver a mirar bien para reconocernos en esa olvidada tarea de cartógrafos.

(Publicado en EL SUBSUELO el 17/2/08)

Cuarenta

La vida pasa/y el corazón está listo./Fatigado/Y la noche de nuevo llega/(...) Y raramente recordamos/que fuimos incendio. (Interpretación libre de Alexandr Block)


El sistema nervioso central como comando radioeléctrico.
Ya no buscamos señales en los árboles en el codo de la edad.
Somos la mitad de lo que pudo ser.
Llagas adentro, auspiciamos la ruta de los buscadores de opio.
Descorchamos el placer de reserva.
A algunos deseos le crecen pequeños retoños de muletas.
Y buscamos superficies aterciopeladas para posar el gusto y el olfato.
Eso que antes se deslizaba piel con piel, ahora debe raspar.
Sólo nos apetece lo que tiene gusto a haber vivido.
Hemos saltado a un costado del incendio.
El invierno viene cada vez con más secretos.
Compramos noches premoldeadas.
Vemos los impulsos en DVDs de archivos.
Y después de los túneles
de las arterias semiabandonadas
de la exaltación ensayada
tragamos saliva como si fuese licor
y sonreímos con todos los cascabeles del disimulo.

(Publicado en EL SUBSUELO el 10/2/08)

lunes, 4 de febrero de 2008

ABC del Derrumbado

Apelar: Levantarse cada mañana.

Ciclotímico: Abnegado caballero que no utiliza la carcasa cultural.

Excentricidad: Cualidad humana para la que es imprescindible ser millonario o al menos tener dinero para coimear a la enfermera del manicomio.

Excepción: Mercadería que puede ser adquirida sin problemas de convertibilidad internacional.

Generación: Grupo de personas que coinciden en el tiempo y disienten en todo lo demás.

Lanzallamas: Locuaz. Orador convincente.

Léxico: Acuerdo para mentir en la misma dirección.

Materialismo: La manera más barata de poseer a un idiota.

Moda: Frivolidad que luego el tiempo convierte en arte.

Párpado: Membrana sensible al mundo unas 20 veces por minuto.

Peine: Mascota que ya no nos sirve cuando comenzamos a encariñarnos con ella.

Profundidad: Característica que alguna vez compartieron el mar y las ideas.

Puerto: Ultimo lugar del amor antes de hacerse anfibio.

Sonámbulo: Cuerpo que no puede resistirse a la tentación de usar el subconsciente.

Trascendencia: Materialismo del intelectual.

Ventaja: Egoísmo con testigos.

(Publicado en El Subsuelo el 3/2/08)

domingo, 27 de enero de 2008

Perpetuo

¿No notaste que a veces las bombas caen desde adentro?
Cuando la cólera no es mensurable
y el arrebato viene de otros vientos
y el hambre no proviene del estómago
El verso amargo e ineludible
que te obliga a hacer pie sólo para los demás
ese equilibrio que te saca de tu centro
esa barricada contra la discordia
como un decreto que firman encapuchados
en una oficina celestial
Una lluvia en el centro del sol.
Tu problema con la felicidad es de velocidad y de tiempo.
Levantaron las carpas de la caravana mientras desayunabas.
Un silencio pide el retorno de todo.
La claridad te sorprende saciado.
Llegás al fondo del jeroglífico cuando ya a nadie le importa el secreto
Testigo, como en visiones, amontonás las imágenes que salvan de cualquier naufragio.
Pero el corazón pesa más que el ancla.
En remolinos te abandona la razón
Un templo de argumentos queda hecho cenizas
Las palabras se agacelan
Pegan saltos de liebre las definiciones
Y, triste y demencial, abandonás a tu última aliada: la inseguridad.
Te despertás adentro de un sueño para comprobar que nunca serás inconsistente.
¡Ah!, elocuencia de lo inconcluso.
Certeza de indecisión infinita.
Alguien te certifica que se extinguieron los claroscuros.
Boquean los dos últimos peces flacos de la contradicción.
El mar ahora es de arena y quedaste del lado de la playa que se abre en temibles fosas marinas.
El carcelero se acerca con la estocada final: te anuncia que es fácil de sobornar.
Volcás cinco monedas en su palma como quien hace el último gesto de la impredecible.
Te abren la puerta. Cruzás el umbral.
En la cara te golpea la usura de un nuevo y eterno aire.

domingo, 20 de enero de 2008

La bandada



(Cuento de mi amigo Gustavo Ciuffo, el de lentes en esta pintura blasfema. Están también Damián, Fede y yo)

Había llovido mucho la noche anterior. Los tres chicos, inseparables compañeros de siestas escapadas, salieron a cazar pájaros al descampado. Junto al terraplén, abandonados al mediodía que empezaba a secar los charcos con un sol hirviente, los amigos celebraban la llegada de una bandada de gorriones pardos. Las aves revoloteaban, aturdidas aún por los efectos del agua que hacía unas horas había caído a mares en todo el pueblo.
Los chicos caminaban por las vías en fila india, ayudados por el contrapeso de sus brazos y simulando movimientos equilibristas. Cayeron al barro antes de completar la distancia acordada, a causa de la torpeza del primero y el inevitable efecto dominó de sus cuerpos. Los pájaros seguían allí arriba y ahora que los tres descansaban en la humedad del pasto decidieron recoger algunas piedras cuidadosamente seleccionadas y fueron turnándose en los lanzamientos para valorar sus tiros.
En la primera docena de hondazos de piedras afiladas, cayeron dos. A uno se le reventó el corazón en el aire, al otro se le murió el último soplo cuando su cuerpo acelerado cayó al suelo, con un resto de aleteo hiperquinético, como tratando de incorporarse a la altura que hacía unos segundos le ayudaba a planear. Los chicos llevaban un pequeño cuchillo, abrieron aquellas armaduras de plumas que poco habían protegido a las desafortunadas aves y las esparcieron a lo largo de la vía. Los tres estuvieron de acuerdo en seguir con el juego. La bandada parecía haber aumentado, y los hondazos eran latigazos que se disparaban rítmicamente, respetando los turnos y aumentando la potencia por el efecto de los premios que caían desde el cielo.
Curiosamente la bandada seguía nutriéndose de gorriones que acudían al festín de sus verdugos y, también curiosamente, cada vez planeaban mas bajo, a una altura que duplicaba la probabilidad de alcanzarlos de un hondazo. Caían remolinando sus cuerpos mezquinos, caían inertes y muertos desde el segundo del impacto, caían con las alas rotas, desarticulados, huérfanos, inconscientes. Los tres amigos los iban despedazando al tiempo que colocaban la colección de alas una pegada a la otra formando un felpudo de tibio plumaje. Realizaban esta macabra tarea a toda prisa y gritaban exaltados porque veían que la bandada había reducido su altura y seguía sumando gorriones a aquel espiral de la muerte. Vistos desde cualquier ángulo del descampado era una postal dantesca, sobre todo porque aquella masa de aves sobrevolaba a escasos metros de las tres cabezas asesinas, como si alguna extraña fuerza impulsara a todos esos pájaros a llamar la atención sobre el triste ritual del que eran víctimas sus compañeros.
El conductor del tren, asombrado por el torbellino plateado que proyectaba aquella bandada de gorriones, no alcanzó a frenar a tiempo. El destello del agua que aún quedaba sobre los pastizales adheridos a las vías tampoco le permitió ver a los tres amigos que, de espaldas a la locomotora, improvisaban una alfombra de plumas pardas, con manchitas de sangre tibia, que se irían multiplicando por mil en los segundos fatales.

ГДЕ БЫЛ БОГ? (Dónde estaba Dios?)


ГДЕ БЫЛ БОГ КОГДА Я ЛЮБИ ТЫ ЦЕНТР?
(Dónde estaba Dios cuando yo amé tu centro?)

Bloguear o no bloguear

Internet, de a ratos, ofrece esa "justicia poética" que puede provenir de sentirse plenamente en comunidad y sin importarnos un pito lo que sucede a veinte centímetros de nuestro teclado. Una especie de ideal hippie virtual momentáneo. Pero cada paraíso implica un ghetto.
Ese ideal hippie se transforma en la más ácida de las reacciones capitalistas al sentirnos a salvo por estar entre los de nuestra clase.
Somos todos unos monstruos en constante metamorfosis metidos en algo así como el agujero de El Aleph, mientras un Borges aún vidente nos espía.
En Internet no se terminan nunca las vacaciones de las neuronas. Al mismo tiempo está al alcance nuestro el más buscado de los secretos universales (se puede asegurar que hay uno para cada necesidad y tipo de neurosis) y con ese secreto, decimos, convive la más cómoda ociosidad para aprehenderlo.
Pero es en el intercambio de ideas donde peor se pone el cielo virtual. Donde la tormenta se desata y deja huellas cuando apartamos la mirada de esa ventana que guarda todo al apagarse.
En este mismo momento estas palabras son tipeadas en una cinta empapada de tinta que, apoyada en un papel, deja su marca luego de un impacto de un pequeño martillo con la forma de la letra pensada y luego requerida. Después, el texto, por obra y gracia de varios factores fortuitos más que por merecimiento propio, pasará al complejo sistema de impresión de un diario. Y más tarde, también, se sumergirá en aguas internáuticas. Entre las que como posibilidad está la playa de un blog.
Pues bien, más allá de deseos, virtudes y equívocos, lo que aquí se produce es un transporte de ideas. Sin importar los vehículos y las posibles paradas, lo que es interesante observar es la velocidad con la que desarrollamos un traslado de pensamientos.
Qué mejor que Italo Calvino, en Seis propuestas para el próximo milenio, para quede bien claro:
El siglo de la motorización ha impuesto la velocidad como un valor mensurable, cuyos récords marcan la historia del progreso de las máquinas y de los hombres. Pero la velocidad mental no se puede medir y no permite confrontaciones o competencias, ni puede disponer los propios resultados en una perspectiva histórica. La velocidad mental vale por sí misma, por el placer que provoca en quien es sensible a este placer, no por la utilidad práctica que de ella se pueda obtener. Un razonamiento veloz no es necesariamente mejor que un razonamiento ponderado, todo lo contrario; pero comunica algo especial que reside justamente en su rapidez.
Por supuesto: es mejor intento leer todo el libro de Calvino, o al menos el capítulo titulado Rapidez. Pero como párrafo sintetizador, acordemos con estas coordenadas de navegación:
En la vida práctica el tiempo es una riqueza de la que somos avaros; en la literatura es una riqueza de la que se dispone con comodidad y desprendimiento: no se trata de llegar antes a una meta preestablecida: al contrario, la economía de tiempo es cosa buena porque cuanto más tiempo economicemos, más tiempo podremos perder.

miércoles, 16 de enero de 2008

Lo que pesan las palabras

Hay que pesar bien las palabras. Durante una despedida, por ejemplo, un término con exceso de miligramos sostenido en la palma de la mano en forma de cuenco, puede traer consecuencias similares a un maremoto. Del modo contrario, si le faltase peso, incidiría como un agujero negro atrayendo para sí toda la materia y dejando el reinado de la nada. Y para siempre.
Distinto es el destino que se puede esperar de las palabras que cuelgan de los labios, famélicas y privadas de la capacidad de pasar a los hombros de un salto. Con una densidad mayor a la de los músculos faciales, pueden provocar en el rostro daños irreversibles. Basta con comprobarlo en ciertos gestos permanentes de gentes que andan por la vida con la cara de esa palabra paralizadora. Entonces ellas dicen siempre esa palabra enquistada, permanentemente, aunque estén hablando de otras cosas.
Hay algunos que terminaron prisioneros de sus palabras por el simple hecho de haberlas engordado de tal manera que al salir se tranforman en sus verdugos. Tienen como amante a la grandilocuencia y su destino es tan penoso como el de un emperador en sus últimos días de poder.
Se sabe que aquellas a las que se lleva el viento tuvieron por parte de su autor un régimen anoréxico que las dejo imposibilitadas de hechar raíces por volátiles. Son palabras fantasmas que no pueden concretarse ni formar parte de ninguna frase ni discurso porque harían desaparecer con ellas a todo el sistema involucrado.
Las palabras empeñadas, pobrecitas, salen ya de la boca con un sino marcado. Financiero y tremebundo, como un esclavo esperando por su dueño mucho antes de saber qué nombran o a quién nombran.
Ni se hable de las hijas del verborrágico, que pasan por la vida con la pena de una sombra, con el vértigo de un cometa al que ahora vemos pero que murió hace millones de años.
Peor es el caso del que las cuida. Del que las pone en sus casillas, como pollos a engordar, para ser saboreadas durante una fiesta que nunca llega. Y, llegado el caso, explotan el recipiente dejando pedazos de lástima pegados por todo el contexto.
Hay que pesar bien las palabras. Y luego decirlas. Hay una instancia a la que todo ser humano tiene derecho en la que puede controlar el peso de lo que va a decir. Como a los boxeadores antes de una pelea. Hay que usar el método. De lo contrario, cuando están en el ring, corren el inevitable riesgo de morir atolondradas en el plástico del protector bucal. Y se han dado casos terribles donde, además, se llevan puesto al protagonista.